24 enero 2016

Tengo una máquina del tiempo en mi casa

Tengo colgada en una pared de casa una máquina del tiempo que a finales de año cumplirá 100. Madera, cristal, muelles y ruedas dentadas. A veces con los cambios de tiempo se pone temperamental, se dilata o encoge el péndulo y alaaarga o comprime los minutos. Pero sigue dando sus campanadas, aunque sea con más perseverancia que precisión. Es una máquina fascinante.

En estos días de regalos y sorpresas, los expertos y los estudios de mercado nos dicen que la estrella navideña son los móviles y tabletas. Es la atracción de la tecnología. Pero si miramos la publicidad, lo que más se debe vender son relojes.

Lo invaden todo. Las páginas deportivas y los suplementos de estilo de lujo. Todo esta lleno de relojes. Relojes baratos para fingir, sofisticados para hacer ejercicio o refinados para presumir. No sé si asombra más la exageración de un coche de medio millón o un reloj de 30.000 euros. Pero ambos existen y ejercen un extraño y magnético influjo.

Es la máquina pura. Quien no haya sentido la invencible tentación de abrir un reloj (no de cuarzo, claro), observar de cerca el funcionamiento de su mecanismo, la disposición de sus piezas (la tija, el volante, las ruedas), extraerlas y luego tratar de devolverlas a su sitio... quien nunca haya sentido eso no puede presumir de entusiasta de la tecnología. Yo conservo también mi primer reloj, casi ya con medio siglo: ¡qué perrerías habrá padecido! Me lo regalaron por aprobar el Ingreso. Si le doy cuerda, funciona. Todo dispositivo moderno lleva un cronómetro digital, pero el reloj se sigue vendiendo.

El control del tiempo es una obsesión para el ser humano. Desde hace miles de años. Desde el calendario maya, hasta las piezas de precisión pétrea inscritas en obras de hace miles de años como Stonehenge o las pirámides egipcias, que miden plazos exactos para el paso del Sol y los cambios de las estaciones.

Será porque vivimos en un Universo físico donde todo se mide y es el tiempo lo que nos da nuestra propia dimensión personal. Somos viajeros del tiempo, pero es un trayecto que sólo se hace una vez, en una dirección y con una velocidad determinada. A falta de otro control, amamos la tecnología para medirlo.

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